El costo de la viralidad fácil

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La generación que creció jugando metras y volando papagayos fue la última en vivir una infancia puramente analógica en el mundo. Aunque logró adaptarse con fluidez a la era tecnológica —pasando del SMS y el Messenger a los entornos hiperdigitales actuales—, hoy observa con preocupación un fenómeno curioso: la cultura de ser viral.

Este ensayo reflexiona sobre cómo la búsqueda de alcance rápido en plataformas sociales ha ido desplazando el valor de la formación académica y el cuidado del lenguaje, impulsando una fama efímera que carece de sustento intelectual y responsabilidad informativa.

En Venezuela y en buena parte de Latinoamérica, las nuevas generaciones siempre han marcado la pauta en la industria del entretenimiento. En el actual ecosistema digital presenciamos una transformación radical: la migración de las aspiraciones. Si en el pasado la infancia soñaba con las artes, la literatura, volar al espacio o veían las aulas de clase como un vehículo de realización, hoy el deseo predominante se sintetiza en un reclamo directo: «Mamá, quiero ser tiktoker, streamer o youtuber».

En 2006, las estadísticas del Consejo Nacional de Universidades (CNU) revelaban que las carreras universitarias más demandadas en el país eran aquellas relacionadas con la administración, la ingeniería, la medicina, la educación y la comunicación. Siendo las dos últimas las más fracturadas a nivel social, cultural, político y económico por la compleja situación de Venezuela. Ahora, con la diversificación de internet y el impacto de las redes sociales en nuestras vidas, se observa en instituciones educativas un alto compromiso por alinearse a la nueva era digital. Tal cual como ocurría en la época del nintendo, las metras y el papagayo.

Los códigos de los 90

Quienes crecieron entre 1990 y los primeros años de los 2000 recuerdan un contraste radical. Fue la época de los juegos tradicionales —el escondite, el paralizado, las metras y el papagayo—, alimentada por las barajitas de colección, los tazos y una programación televisiva que moldeó la imaginación de toda una generación.

Fue la última cohorte que consultó libros en bibliotecas públicas, usó máquinas de escribir y vivió la transición paulatina hacia la telefonía celular.

La llegada del servicio de mensajes cortos (SMS) y, más tarde, la era de los cibercafés con Windows Live Messenger, impusieron un código de comunicación abreviado. Para ganar espacio o inmediatez, el lenguaje comenzó a fragmentarse. Lo que en su momento pareció una moda pasajera propia de la juventud, terminó sembrando la semilla de un cambio más profundo en la expresión verbal y escrita de la sociedad.

Con la masificación de plataformas como (TikTok, Instagram, YouTube) las barreras de entrada a los medios desaparecieron, dando origen a otro fenómeno de estudio fascinante: la ruptura de la cuarta pared. Las audiencias masivas ya no buscaban producciones hiperproducidas ni editadas, sino personajes cercanos, honestos y con historias cotidianas. Esta democratización trajo consigo un costo colateral no menor: el desprecio progresivo por la preparación y la cultura del menor esfuerzo.

Las cifras de consumo digital y la posibilidad de monetizar vistas en tiempo récord han alimentado la ilusión de que la educación universitaria es un camino lento, obsoleto e innecesario. Esa premisa se debilita cuando se traslada al terreno político, donde los gobiernos necesitan mantenerse en el poder a costa de la ignorancia de sus ciudadanos.

Se confunde el alcance con la autoridad, y el conteo de seguidores con el talento. Sin embargo, tener un teléfono inteligente en la mano y un micrófono encendido no convierte automáticamente a un individuo en un comunicador; lo convierte, simplemente, en el dueño de un canal de emisión.

Quizás, esa sea la razón por la que los usuarios más exigentes migran a espacios como Substack, donde la curaduría y la calidad del contenido se valora.

En el último año, esta plataforma se ha convertido en el refugio de la resistencia intelectual. Los textos no se disfrazan con frases para captar la atención de los clips, convergen en un ecosistema donde el mensaje cumple una función específica: comunicar.

Las generaciones más jóvenes cuando se introducen en grupos de personas de diferentes creencias, ideologías, gustos y estirpe, adoptan el argot del momento hasta incorporarlo en parte de su cotidianidad.

Objetivo de diseño político: las cosas por su nombre

Ahí radica el verdadero núcleo del problema. Cuando el lenguaje se empobrece, cuando el argot popular se utiliza exclusivamente para encajar o generar controversia inmediata, la comunicación pierde su dimensión reflexiva. Un creador de contenido sin criterio ni responsabilidad moral no solo expone las carencias de su propia educación, sino que replica esos vacíos ante audiencias compuestas, en su mayoría, por niños y adolescentes en etapa formativa.

A los gobiernos totalitarios y autoritarios les resulta estratégico y funcional esa falta de pensamiento crítico porque las nuevas generaciones como escriben, hablan; y como hablan, piensan.

Pero no todo está perdido: en muchos grupos sociales sobrevive una minoría de mentes lúcidas que no ceden a la moda fácil ni al adoctrinamiento. Actúan desde una genuina autenticidad propia de perfiles que se cuestionan la existencia del ser.

El combustible que se sostiene en el tiempo

La educación académica nunca ha consistido únicamente en la obtención de un título o en la mecánica de un plan de estudios; su objetivo principal es estructurar el pensamiento crítico, mejorar la elocuencia y aportar las herramientas conceptuales necesarias para sostener un discurso en el tiempo. La viralidad es una vela que se consume rápido; la preparación es el combustible que permite perdurar cuando el algoritmo decide cambiar de rumbo.

El entretenimiento es una necesidad humana indispensable y los entornos digitales llegaron para quedarse. No se trata de rechazar la tecnología ni de caer en la nostalgia estéril de que todo tiempo pasado fue mejor. Se trata de comprender que las herramientas cambian, pero los principios de la comunicación permanecen.

En un mundo saturado de ruido y fugacidad, los comunicadores y creadores que realmente dejarán una huella no serán aquellos que sacrificaron su criterio para ser virales un lunes cualquiera, sino quienes entiendan que para construir un mensaje que trascienda, primero hay que cultivar la mente.

Hasta la próxima línea.

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